Londres expone los trabajos de Ana Mendieta y Diango Hernández. Cuba desgarra y enamora, azota y abraza, se añora y se odia, duele por dentro pero también desde la distancia. Es difícil que la isla te deje indiferente, tanto si la has visitado como si sólo conoces su historia. Pero para los artistas cubanos parece inevitable que la isla se convierta en el ADN de su obra, aunque los buenos creadores no lo hagan de forma explícita. Dos visiones del arte marcadas por Cuba pueden explorarse estos días en Londres: por un lado una retrospectiva inaugurada ayer en la Hayward Gallery dedicada a Ana Mendieta (1948-1985), visceral, cruda, instintiva, donde el exilio obligado a los doce años y la pérdida del lugar de pertenencia fueron la chispa que encendió el camino hacia sus múltiples experimentaciones artísticas, truncadas por una muerte abrupta y oscura a los 36 años.

Por otro lado una exposición individual de Diango Hernández (1970), un creador de una generación más reciente, hoy afincado en Alemania, marcado por otras circunstancias, que encuentra en la galería Marlborough Contemporary hasta el 26 de octubre un espacio para la reflexión y la ironía, donde su paso por la llamada ‘beca’ (internados donde los adolescentes cubanos trabajaban en el campo y estudiaban) se convierte en punto de partida para ahondar en la memoria.

“Es precisamente en el origen, más allá de ser cubanos, que tenemos mucho en común. Ana Mendieta fue uno de los niños conocidos como Peter Pan, nombre que se le dio a ese plan macabro orquestado por La Habana y Miami que separó de sus familias en Cuba a más de 14.000 niños entre los años 1960 y 1962. Los niños fueron recolocados en 30 estados de los Estados Unidos, muchos de ellos ni siquiera llegaron a saber que habían nacido en Cuba. La obra de Ana Mendieta siempre me ha inspirado mucho al igual que la obra de Félix González Torres. Ellos, como muchos otros artistas cubanos, se han conectado con el mundo a través de su arte, con el mundo que en principio se les negó” explica Hernández a El Confidencial.

Es la primera vez que una gran institución británica le dedica una retrospectiva a Mendieta, una artista en proceso de revalorización, difícil de clasificar, extrema, provocativa, doliente, que tocó múltiples disciplinas, partiendo de la performance y el body art para después explorar el land art con su propio cuerpo, la escultura, la fotografía, el dibujo…

Comenzó su carrera en la universidad de Iowa, donde la violación de otra estudiante la llevó a introducirse en el mundo de la performance de temática feminista, dejando así de lado la pintura – “no es suficientemente real” decía-, para abrazar ese momento experimental por el que pasaron muchos artistas plásticos en los setenta, creando obras efímeras, intangibles, muchas de ellas utilizando su propia sangre y cuya permanencia en el tiempo depende del trabajo de documentación hecho por la propia artista. Mendieta tomaba docenas de fotografías de sus performances, que hoy pueden explorarse en la última parte de la muestra, donde se exhiben sus archivos personales por primera vez: hojas de contactos, cientos de diapositivas, películas de super-8, correspondencia…

La exposición arranca precisamente con imágenes de algunas de sus primeras performances para después adentrarse en lo que se consideran sus mejores obras, las Siluetas, que realizó a lo largo de casi una década. Acompañada de por vida por el desgarro de haber tenido que abandonar Cuba, Mendieta comenzó a trabajar en sus siluetas en México, un país en el que encontró la conexión con la tierra que perdió tras su exilio. Excavaba su silueta en la arena y después le pegaba fuego, o utilizaba su propio cuerpo y lo enterraba bajo mantos de flores, o se momificaba en el barro… Sus siluetas, que ella definió como earth body sculptures tomaban en cierto modo la forma de rituales mágicos o funerarios, algo que también la conectaba con las tradiciones santeras de su Cuba natal.

El que se hubiera sentido atraída por las costumbres y tradiciones relacionadas con la muerte y el renacer de los indígenas mexicanos y precolombinos incita a conectarlo con su propia muerte, como si hubiera sido una premonición fatalista. Mendieta se precipitó desde un piso 34 en Nueva York una noche de septiembre tras una discusión con su esposo, el escultor Carl Andre, quien fue juzgado y absuelto por su supuesto homicidio. Al caer, su cabeza dejó una silueta sobre la terraza en la que se incrustó. Desde entonces las oscuras circunstancias de su muerte se han interpuesto siempre entre la artista y su obra. De ahí que Stephanie Rosenthal, comisaria de esta exposición titulada Huellas, haya optado por obviar toda esa parte culebrónica que siempre se le dedica a Mendieta y se haya centrado en resaltar la fuerza y la energía de una carrera que de haber continuado posiblemente la hubiera convertido en una de las grandes artistas contemporáneas.

Diango Hernández, hombre nuevo

Diango Hernández, -al contrario que Mendieta-, creció y se educó en el régimen castrista, donde la idea de Hombre Nuevo, Mujer Nueva que da título a su exposición, se forja en las aulas escolares. “Todas mis libretas y cuadernos en la escuela primaria tenían impreso sobre sus cubiertas una frase de José Martí: ‘Ser cultos para ser libres’. Todo el proyecto educativo revolucionario se dirigía hacia esa dirección quimérica que es ser libres, ¿pero qué se puede hacer cuando lo culto sólo sirve a los intereses de una sola voz? ¿Se podría hablar de cultura sin libertad? Yo definitivamente creo que no. La cultura es únicamente la expresión de la libertad. Todo lo que hemos producido en ausencia de libertad es bochornoso y aquí no solo incluiría la educación en Cuba sino también las pirámides de Egipto” afirma.

La exposición de Hernández, de 43 años, va más allá de la crítica velada al régimen cubano y la amplía a otros regímenes totalitarios. Una veintena de superficies grises de grafito, aparentemente vacías ocupan las paredes de la exposición. Sin embargo, acercándose a ellas uno descubre diferentes siluetas que dejan intuirse en función de la luz y la distancia. Son copias de las porcelanas de Allach, una empresa alemana que utilizaba prisioneros de los campos de concentración nazis para producirlas. Junto a ellas unas literas inquietantes también en grafito donde en lugar de colchón hay superficies transparentes y un modelo de edificio fascista reconstruido en un material, el queso, que obliga a la sonrisa.

“Hasta que no viramos al revés un objeto de porcelana no podemos ver su procedencia y por lo tanto comprender sus conexiones históricas. Aparentemente las porcelanas de Allach no son tan diferentes a otras porcelanas, no obstante si conocemos la manera en que fueron producidas el objeto transmuta y se convierte en el peor de los objetos. Para esta exposición quise producir una serie de trabajos donde solo desde un ángulo preciso somos capaces de ver el dibujo o el objeto en su totalidad. El grafito es un material cargado de connotaciones que tiene una conexión directa con la enseñanza. Yo veo los paneles y los objetos de grafito de la exposición como lápices gigantes, instrumentos fantásticos que nos permiten descubrir que no solo podemos usarlos para escribir sino también para ver mejor la realidad, claro que todo depende desde donde la veas”.

Hernández comenzó su carrera en Cuba como parte del Gabinete Ordo Amoris, donde ya utilizaban los objetos y su memoria y los descontextualizaban. “Tratábamos de comprender la compleja realidad que nos tocó vivir y exponerla sin artificios”. Desde hace unos años vive en Alemania por elección personal pero su ADN cubano sigue ahí. “Es imposible escapar de los que somos y es aún más difícil cambiar la manera en que la geopolítica influye en la lectura del arte contemporáneo”.
source: El confidencial