“La retaguardia de las estatuas” por Javier Montes
Durante la Guerra Fría, las dos fábricas Alemanas de Lego (o sucedáneos Lego) siguieron fabricando sus piececitas a uno y otro lado del Telón de Acero. Pero las diseñaban apropósito para que las democráticas y las federales no encajaran unas en otras. La historia la cuenta Diango Hernández al hilo de su trabajo en el viejo taller y nuevo espacio de Pepe Cobo. No acaba de ser del todo cómica ni del todo triste, y da a la vez risa y rabia.

Los ladrillitos de Lego son en principio la encarnación pura de lo universalmente simpático; pero en este contexto se vuelven un recordatorio en miniatura de los ladrillazos de un muro bastante más odioso, que el artista, nacido en Cuba en 1970 e instalado ahora en Europa, ha tenido la oportunidad de mirar mucho desde ambos lados. Una metáfora tenue, desencantada, casi amarga, muy del estilo de sus trabajos anteriores y de su reciclaje desengañado de los mitos de las supuestas utopías comunistas. Al final, un aviso por la vía del ejemplo sobre el escepticismo higiénico que cualquier artista debería oponer a los iluminados políticos de cualquier signo.

Las piezas, vagamente constructivistas y de fines más bien propagandistas, se plantan aquí sobre dibujos «encontrados», y remachan la desconfianza de un artista hacia unas vanguardias cuya politización experimentó en carne propia. Ya lo decía a propósito de su última exposición en Madrid: «Estar delante del grupo se entiende como vanguardia. Es en esta posición donde se encuentran los más aventajados y también los más cínicos. Yo prefiero estar detrás y desde allí ver todo». UNA POSTURA INCÓMODA. Detrás o encima: alguna vez Hernández ha hablado de su «retavanguardia», una postura difícil y francamente incómoda que merece la pena mantener: este gabinete de dibujos que sirve de nota al pie para la instalación grande acierta al colocarse en el cuartito minúsculo que supervisa el antiguo taller reconvertido. Se llega a él por unas escaleritas difíciles, y tiene el techo tan bajo que no se puede entrar sin agacharse. Funciona a lo mejor como una especie de subconsciente del lugar y de la pieza del piso de abajo: un sitio secreto e incómodo, desde el que, eso sí, «se ve todo», como se propone el artista. Y todo es, abajo, casi nada: un vaciado en yeso amarillento de una estatua desangelada de Lenin, de quien sólo alcanzamos a ver los zapatos y las perneras: como un fantasma que se fuera desvaneciendo, o como un viejo modelo arrumbado en el taller, a la espera de unas reparaciones para las que ya no se fabrican repuestos.

La estatua inacabada (o acabada de verdad) recuerda los paseos inquietantes por el Szoborpark de las afueras de Budapest, ese gigantesco desguace de la Historia donde se oxidan las grandes estatuas de la época comunista, arrumbadas y herrumbrosas. También hace pensar en el Monumento a un guante perdido y otras instalaciones de monumentalidad burlona de Ilya y Emilia Kabakov, que no habrían hecho ascos al tallercito madrileño de Pepe Cobo y que habrían captado muy bien cierto recuerdo peste de gasógeno franquista, desarrollismo y tecnocracia sesentera que aún desprende (y que vuelve más pertinente y da otra vuelta de tuerca al juego de alusiones históricas de Diango Hernández). De los Kabakov ha aprendido el interés a contracorriente por los objetos olvidados y las miserias escondidas por la retórica bombástica del totalitarismo: pupitres rotos, lámparas desvencijadas, máquinas de escribir antediluvianas y Ladas Niva de cartón piedra que otras veces repescó del vertedero de la Historia. COMO UNA REALIDAD LEJANA. Y piensa uno también en aquel Monumento a una civilización perdida, de la pareja rusa: la «civilización perdida » era, claro, la mismísima Unión Soviética, que a veinte años de la caída del Muro se ve ya tan lejana como el Antiguo Egipto: los pies de yeso (o barro) del colosal Lenin desguazado por Diango Hernández funcionan también aquí como resto arqueológico o pedacito ruinoso de su Angkor Vat particular. Falta sólo, para que el trabajo implacable del tiempo esté rematado, el perrito meón que nunca tarda en llegar a los pies de una estatua olvidada. En su lugar, Hernández coloca una manguera común y corriente con un alfilerazo. Por el agujerito se escapa un surtidorcito humilde y silencioso que se escurre sin grandes aspavientos por el desagüe del suelo del taller: suele ser el camino de los géiseres y las eyaculaciones ideológicas más potentes. ”