Sin que Sthendal lo pudiera remediar, más allá del romanticismo y del estudiado espejismo de la “vidriera-escaparate hacia el exterior” que ha sido Cuba en los últimos 50 años, el proceso revolucionario cubano se ha caracterizado -entre otros aspectos- por promover de forma concienzuda y efervescente, así como sucede una efervescencia, como un fenómeno de puro entusiasmo superficial, su proyecto educacional; es decir, “nuestra (estricta, politizada, chovinista, utópica -¿o debería ser falsa, incierta, y mentirosa?-) educación sentimental”.

De cómo el proceso educacional cubano ha estado marcado fundamentalmente por la manipulación ideológica de la masa estudiantil, o sea: por la formación de “el hombre nuevo”, ese atrofiado concepto que puso en uso Ernesto Ché Guevara, va la inteligente obra Diamonds & Stones: My Education, de Diango Hernández; que acaba de exhibir en calidad de primicia en su galería habitual en Milán, la Federico Luger Gallery (Febrero-Abril, 2008).

Partiendo desde una mirada testimonial, Diango ha articulado un coherente discurso alrededor de la idea de cómo se le engendra, inyecta, forma, estructura e impone una visión atrofiada de la realidad, a quienes han pertenecido a las generaciones de cubanos isleños, formados en los años posteriores a la Reforma Estudiantil de 1971, diez años después de la Campaña Nacional de Alfabetización; a partir de un símil muy análogo, cómo bajo la presión de un bombardeo informativo desvirtuado, filtrado por la politización de cualquier relato entronado con el poder gubernamental, nosotros, igual tenemos “nuestros Diamantes y nuestras Piedras Preciosas”.

Este amplio proyecto instalativo, integrado por más de trescientas fotografías manipuladas digitalmente (una amplia selección de las diapositivas que se utilizaban para proyectarle a los estudiantes cubanos en las clases de Historia, Política y Filosofía dentro de los cursos de Secundaria Básica y Bachillerato, en la Cuba de los 70s-80s) y una reja escultórica de gigantescos números oxidados de 1959 al 2008, de Hernández recupera su hacer más diseñístico, el Diango más gráfico-grafista de los primeros esbozos que ejecutó el más temprano de los Ordo Amoris, aquel utópico gabinete de arte y diseño en el que se dio a conocer como fundador del mismo en los 90s habaneros.

He aquí así, a un Diango que está depurando su fisicalidad gestual hacia un control absoluto del objeto producido, tal cual, recordara su esencia de grafólogo, grafista u hombre de la imagen, y con un montaje impecable.

Si bien en los últimos cinco años en los que su carrera ha partido de un cero inicial tras la ruptura de Ordo Amoris, esta carrera ha estado marcada por la búsqueda de un lenguaje propio que se ha ido fabricando en base a un discurso politizado, de extremo tono crítico, relacionado con el asunto: Comunicación-Territorio Doméstico-Control; con una producción que investiga en el impacto de lo acumulativo, del objet-trouve y del ready-made, y en el desarrollo de una pintura y un dibujo gestual de veloz ejecución; en Diamonds & Stones: My Education, Diango Hernández se ha desmarcado, trazando un giro hacia sus orígenes para desvincularse definitivamente de ellos, e ir más allá, hacia un discurso intimista, existencial, de crítica social vivida de primera mano, como testigo de un déficit, de una falacia, de un juego de opresiones tiránicas. Al fin y al cabo, como diría diría Foucault: “toda educación es una tiranía”, pero lo interesante del asunto “My Education”, es que esta obra por su carisma documental testifica que no existía otra opción, no existía un desliz, una línea de fuga, un descentramiento de esta tiranía comunicativa que de rosa pintaba el proceso revolucionario cubano, con un barniz apastelado, justo el barniz que la pátina del tiempo ha dado a las diapositivas que Diango Hernández ha reciclado para construir sus diamantes y piedras. Unas piedras y diamantes que han sido la respuesta cubana a las piedras y diamantes de la elegante figura de Jacqueline Kennedy y su lujosa ostentación burguesa. Ante el fracaso político de JFK, frente al “asunto Cuba”, Hernández establece un paralelismo frente a Jacqueline, quien idem tuvo sus diamantes y piedras preciosas, pero seguramente adquiridas en otras condiciones menos opresoras; donde al menos ella, podía elegir. Un diálogo revisionista con la Historia, el cual propone Diango, que bien deberíamos hacer todos aquellos que pasamos por “aquella educación sentimental”, para equilibrar -a modo de exorcismo- de ella sus pro y sus contra, nostalgias y militancias aparte. Y continuar nuestro camino, sin taras que lo lastren.